Con el dedo en la llaga

Han  pasado más de dos semanas desde el pronunciamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que nos dejó la casa como quien le abre la puerta a una horda de macacos. En este tiempo, todo tipo de acusaciones se han levantado entre los bandos a favor y en contra, la mayor parte de los candidatos presidenciales se han desgañitado contra ella a fin de ganar votos para sus respectivas aguas, pero solo uno de ellos ha logrado levantar su candidatura haciendo de la oposición a este pronunciamiento su caballo de batalla más visible. Y en el intermedio, todo tipos de argumentos y descalificaciones, en uno u otro sentido, se han cruzado en cuanto medio o red social existe, yendo desde lo más sublime hasta lo más ridículo. Pero ya es hora de ir poniéndonos serios y cerrar el círculo. Nobleza obliga.

 

Fraternos e intolerantes


      La CIDH no ha venido a ponernos a pelear entre nosotros. Tampoco ha venido a colonizarnos ideológicamente, a infiltrarnos con la “ideología de género“, (ese fantasma elástico y a la medida, que nadie sabe exactamente qué es y que ya vemos hasta en la sopa); o -quizás la más primitiva y burda de todas las paranoias-, a mancillar nuestra soberanía.

 

      La Corte Interamericana de Derechos Humanos simple y sencillamente vino a ponernos en nuestro lugar. A señalarnos esos pendientes que tenemos con una parte importante de nuestra población y de paso, a enfrentarnos con esos rasgos de nuestra personalidad colectiva que se resisten a ponerse a tono con la modernidad. El pronuciamiento de la CIDH no nos agrada simple y sencillamente porque viene a partirnos por la mitad, justo en una zona erógena muy sensible: esa imagen infantil que hemos construido sobre nosotros mismos, como un pueblo puro y libre de pecado original, pacífico, muy pacífico; tolerante y sensible hasta la médula. Un pueblo fraterno de hermaniticos castos, a quienes las sucias fuerzas y los oscuros intereses de afuera lo han venido a corromper y a sembrarle las semillas de la discordia. Todo eso de derechos humanos, igualdad, respeto a la diversidad, matrimonio homo y estado laico, no son más que modas, cosméticos, decadencias que nada tienen que ver con el carácter trabajador, pacífico, puro y profundamente religioso del costarricense.

 

Con el dedo en la llaga


      El pronunciamiento de la Corte nos despierta indignación porque nos mete el dedo en la llaga: nos escarba en la úlcera de lo que no queremos ver en nosotros y que los hechos recientes, muy lamentablemente, corroboran. Bajo esa cobertura de democracia, tolerancia y civilidad, que tiene mucho de cierto (no nos pongamos irracionalmente severos), se encuentra en nosotros como nación, una mentalidad estrecha e intolerante que sigue con la idea funesta y anacrónica de que extender derechos a un parte de su población, no importa cuan numéricamente pequeña sea esta, constituye una supuesta afrenta y una falta de respeto a los derechos en que la mayoría se asienta cómodamente. Y estamos dispuestos a escuchar cualquier canto de sirena, por irresponsable y demagógico que sea, con tal de que no nos hagan olas con eso de la diversidad. El pronunciamiento de la CIDH, en el fondo, lo que viene a decirnos es que si queremos seguir autoengañandonos de manera complaciente, con la imagen santulona que nos hemos hecho de nosotros mismos, eso es nuestro problema. Tenemos una deuda pendiente con un sector de nuestra población, tan ciudadano y pleno de derechos en igualdad como cualquiera de nosotros. Y los demás no están obligados a seguirnos la comparsa.

 

      ¿Que dicho pronunciamiento es una violación a nuestra soberanía? Falso. Eso de la soberanía, en un mundo cada vez más globalizado e interconectado, es algo sumamente poroso y permeable. Cedemos un poco de ella en cada tratado que firmamos, en cada compra que hacemos desde internet en el exterior, en cada centavo que depositamos a hurtadillas en cuentas domiciliadas en un paraíso fiscal, en cada particula contaminante que llega a nuestra atmósfera por emisiones industriales al otro lado del mundo. Los problemas de esta aldea planetaria cada vez son más complejos y escapan al rango de acción de un país abandonado a sus propios recursos, por poderoso y grande que sea. Costa Rica, como gestora y firmante de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en San Francisco, en 1948 -una vez apagados a un gran coste los hornos de la locura nazi-, y como firmante de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, de 1970, actuando consecuentemente reconoció la autoridad de la CIDH, se adscribió a ella y reconoce su potestad en el tema que regula. ¿Y por qué nos afiliamos? Simple: porque precisamente eso hacen las naciones civilizadas. Establecen relaciones entre ellas, ceden parte de su soberanía sin agendas paralelas ocultas, en pro de objetivos que son del bien común y deben salvaguardarse de las filias o fobias de las poblaciones locales. Solo los estados parias se niegan a eso.

 

      ¿Que dicho pronunciamiento atenta contra la familia, como la base de la sociedad? Falso. En primer lugar, se expande y enriquece el concepto de familia, sin menoscabo de la idea tradicional que siempre hemos manejado, y que dicho sea de paso, ya ha venido siendo menos popular entre las nuevas generaciones, por meritos imputables al propio modelo tradicional. Segundo, qué tan protegida o tan vulnerable se encuentre una familia, dependerá qnte todo de la calidad y la buena fe de las relaciones que se establezcan entre los miembros de la misma, por más “protección” que el Estado le brinde.  Y tercero, que existan modelos alternativos de familia en nada amenazará el modelo tradicional, pues siempre habrán personas dispuestas a inscribirse en él, por razones legítimas y que a nadie le incumbe cuestionar.

 

      ¿Qué dicho pronunciamiento atenta contra los principios cristianos de nuestra sociedad? Empezemos por definir qué entendemos por  principios cristianos. Si con ello nos referimos a las duras normas de la Edad del Bronce, contenidas en el libro del Levítico, estamos en problemas. Definitivamente, hay conflicto. Pero si tenemos en mente los principios cristianos fundacionales del amor al prójimo, de no hacer a los demás lo que no deseamos que nos hagan a nosotros (denegar derechos cuenta en este punto como afrenta), de expandir la tolerancia, la caridad, la fraternidad y la justicia, entonces ese pronunciamiento por el contrario, entronca plenamente con nuestra innegable herencia cultural cristiana y no estamos transgrediendo en lo absoluto ningún principio sensato.

 

      ¿Qué la aceptación del matrimonio igualitario y la familia diversa abrirá la puerta a la depravación, la pedofilia y los abusos? Falso. El abuso y la pedofilia son patologías del poder y disfunciones de la personalidad que no eximen de responsabilidad a quienes los ostentan. Tampoco correlacionan con una respectiva orientación sexual e intentar establecer relaciones de este tipo no solo es irrespetuoso, sino también imprudente. Si de endilgar irresponsablemente culpas se tratara, uno podría conjeturar que las infidelidades, los abusos, la agresión doméstica, los celos y la opresión, son parte inherente del matrimonio tradicional. Y ese tampoco es el caso.

 

      En conclusión


      En conclusión, el dictamen de la CIDH no es una afrenta, no es una mancilla a nuestra soberanía ni a nuestra espiritualidad, ni nada por el estilo. Simple y sencillamente es un recordatorio de nuestra tarea pendiente de extender la igualdad de la cobija de la ley, a todos los sectores de nuestra población. Y el que ahora necesita de nuestra atención es la población sexualmente diversa, como en su momento lo necesitó la población afrodescendiente con la emancipación de la esclavitud; como en su momento lo necesitó la población femenina con el derecho al voto y al trabajo remunerado; como lo sigue necesitando aún nuestra población aborigen, con el reconocimiento de su identidad y sus patrimonios.

 

      Reconocerles esos derechos a la población sexualmente diversa en nada violenta los derechos de los heterosexuales ni los conceptos de familia que hemos construido. Al contrario, los ampliarán y los enriquecerán. No desquiciará a nuestros hijos (los prejuicios, por el contrario, los neurotizan y bastante bien), ni nos despeñará por la garganta del Infierno, ni abrirá la puerta automática al aborto ni a la cultura de la muerte (lo que sea que quieran decir con eso). No convertirá al país en un gigantesco Gay Parade de tiemo completo o en un enorme bacanal romano, ni nos deslizará por la locura ni la depravación. Tampoco nos lloverá fuego del cielo ni nos devorará el mar. De esto último se encargará el cambio climático, pero en el país más feliz del mundo eso parece importar menos que contarle los colores al arcoiris.

 

      Es hora de respirar hondo y comportarnos como adultos. Expandir esos derechos que ya gozamos a los compatriotas que los piden. Y luego dejar que hagan uso de ellos a su arbitrio y que respondan legalmente si los afrentan o quebrantan, justo como aplica al resto. Es hora de que por una vez enfrentemos nuestra mezquindad histórica. Actuemos en consonancia, como el pueblo demócrata y solidario que nos pavoneamos de ser.

 

Y ya luego podremos volver a contemplarnos satisfechos el ombligo. Como siempre nos ha gustado hacerlo.

 

 

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