La angustia de la lucidez

Aceptémoslo. Todos aspiramos a la razón pura. Todos defendemos el ser justos y ecuánimes, el tener en cuenta absolutamente todos los hechos con frialdad de criterio, antes de dar un paso adelante o tomar una decisión. Defendemos con vehemencia las virtudes de la racionalidad ante nuestro opositor, ante el contrincante cuando se trata de exigir justicia para nuestra postura o para acusarlo de veleidoso e impulsivo cuando de combatirlo se trata. Apelamos a ella en público y en privado y lo curioso del caso es que sobreentendemos que todos los asuntos públicos y sociales se han de manejar con el mismo criterio básico. Damos por sentado que todas, absolutamente todas nuestras actuaciones, por equivocadas e impulsivas que puedan aparecer a los demás, están fundamentadas en la mesura y en el conteo minucioso de la realidad. Que nos sugieran lo contrario, lisa y llanamente nos indigna.

 

Y no es para menos. Visto en frío, perdón por el sarcasmo, la razón ha de ser algo muy bueno, aun cuando muchas veces no tengamos la más mínima idea de cómo ejercitarla. Occidente se precia de contarla como uno de sus pilares fundacionales más apreciados, es la base del método científico tal y como lo entendemos por estos rumbos de Dios y hasta el mismísimo Kant consideró pertinente dedicarle sendos tratados críticos a mediados del siglo XVIII.

 

Buscamos fundamentar en ella sistemas de pensamiento económico, teorías mercadológicas, propuestas psicoterapéuticas y hasta sistemas religiosos cuando queremos legitimarlos. Asumimos que pacientes, gobernantes, clientes, consumidores, rivales, compradores y hasta amantes cornudos se han de comportar de manera lógica ante ciertos hechos y nos devanamos las neuronas tratando de entender sus patrones de razonamiento, para actuar en consecuencia e ir un paso por delante de ellos. Hasta las mismísimas teorías psicodinámicas y postmodernistas que deniegan la naturaleza racional del ser humano, apelan a la razón para comprender y descrifrar su irracionalidad. Sea de una u otra forma, todos en el fondo aspiramos a la lucidez como el único camino para la redención y queremos, o intentamos creer, que en los demás anida la misma aspiración.

 

Pero de ser así, ¿entonces por qué conforme más nos adentramos en el siglo XXI, más nos topamos en el espejo con una especie irreflexiva, que opta por la frivolidad, el espectáculo de masas y las posturas fáciles y vacías? ¿Por qué justo en la era de la sobresaturación informativa y de la hiperconexión, cuando más tenemos a un click de distancia toda la información histórica y circunstancial para darnos cuenta de las aberrantes consecuencias de nuestras decisiones más viscerales, una y otra vez nos regodeamos en los argumentos simplones y populistas de nuestros líderes, en las apariencias más superficiales y en los rumores más gratuitos e infundados? ¿Por qué, a contrapelo de toda la información con la que contamos en este momento -inédito en la historia de nuestra especie-, empezamos a tener una progresiva y marcada tendencia a rechazar el mero esfuerzo de pensar, la funesta manía de discurrir, como se excusaban los angustiados burócratas españoles ante el rústico y absolutista monarca Fernando VII?

 

      El cerebro de reptil

 

Por lo pronto, cierto, la biología evolutiva no parece jugar a nuestro favor. Nuestro córtex prefrontal, la supuesta caja de herramientas donde yacen nuestras facultades mentales más abstractas, cuenta en su formato actual con apenas unos doscientos mil años, cuando empezó a acompañar en sus andanzas a los primeros humanos anatómicamente modernos. Pero el célebre cerebro reptiliano, ese cofre que yace en lo más profundo de nuestros encéfalos, que almacena nuestros instintos más antiguos y le lleva el pulso a las emociones más básicas, surgió con nuestros antepasados marinos hace más de trescientos millones de años. y pues bien, no se puede uno saltar a la torera semejante saldo en contra.

 

Quizás por ello, es que invariablemente la razón tienda a diluirse entre la masa, como bien lo temiera el filósofo español José Ortega y Gasset. Siete mil millones de cortezas prefrontales que pueblan este planeta no pueden en principio competir contra la misma cantidad de incómodos y primitivos cerebros pulsionales. Eso explicaría por qué aplausos y no expresiones de espanto arrancó el oficial Millán-Astray cuando secundó el grito de ¡Viva la muerte!, en la Universidad de Salamanca y en vísperas de la Guerra Civil Española, ante un indignado Miguel de Unamuno. Eso explicaría también por qué los alemanes ovacionaron hasta el final las atrocidades oratorias de Hitler; por qué los populistas demagogos, con sus simplistas y peligrosas formas de concebir tanto los problemas como las soluciones, siempre son escuchados; por qué la cauta y desencantada Europa lidia ahora con el auge de una ultraderecha torpe y ciega a las lecciones de la Historia; por qué educados jóvenes occidentales abrazan con entusiasmo y hacen propias las causas de la yihad islámica; por qué un lider religioso apocalíptico como Jim Jones convence a punta de verbo a más de novecientos seguidores devotos a envenenarse con cianuro en las selvas guyanesas; por qué imprecar contra minorías, inmigrantes, mujeres, homosexuales y clanes tribales ajenos sigue rindiendo buenos réditos electorales; por qué curanderos con nombre exóticos embaucan una y otra vez a la clientela más variopinta y por qué un personaje de carnaval como Donald Trump gana la presidencia de una democracia madura despotricando contra la prensa, los indocumentados, la población diversa y las potencias extranjeras, jactándose de paso con su colección de autos, mujeres trofeo, negocios despiadados y entrepiernas femeninas dispuestas a dejarse palpar.

 

Ello finalmente explicaría por qué reiteradamente,  al calor del momento, en el anonimato de la masa o de la red, tendemos a meternos en problemas individuales y colectivos, trifulcas que luego debemos remediar mientras nos preguntamos cómo rayos hicimos para meternos en semejantes embrollos. Lamentablemente, pareciera que la lucidez solo viene a apoyarnos en retrospectiva, cuando ya no hay remedio, incapaz de superar la tendencia de nuestras emociones a rodar pendiente abajo.

 

Y es que, lastimosamente, la lucidez cuesta. Pensar es un esfuerzo y un agobio. Ser ecuánime tiene mucho de autodisciplina. Ser razonable y tomar en cuenta todos los hechos es cansado, agota y termina por fastidiar. La racionalidad es una conquista a la que aspiramos todos los días, luchando contra las tentadoras justificaciones fáciles que para nuestras neuronas implican los prejuicios que hacemos pasar por argumentos, las imágenes huecas que asumimos son la realidad absoluta. Se requiere un consciente y enorme trabajo cultural de siglos para aprender a matizar las emociones. Y pareciera que algunas sociedades se dan cuenta de ello antes que otras, casi siempre por las malas, mientras se dedican a apilar los escombros.

 

  Velar las armas

 

¿Es entonces la lucidez una angustiosa causa perdida? ¿Podrá siempre un necio ganarle a cien sabios al otro lado de la cuerda, como se lamentaba el orador romano Cicerón? Después de todo, el argumento evolutivo suena lógico y contundente. Una mera operación aritmética sobre la enorme diferencia biológica en años bastaría para apagar el idealismo más entusiasta.

 

Sin embargo, el ejercicio también nos puede llevar a conclusiones equivocadas y peligrosas. Hay más de lo que aparece a simple vista y debemos de tomarlo todo en cuenta antes de extraer juicios o pretextos -vaya uno a sospechar- sobre la naturaleza última de nuestra especie. Si bien la historia evolutiva tienen un innegable peso en lo que hemos venido a ser y en lo que somos día a día, también es cierto que no hay especie sobre el planeta que se haya logrado liberar más exitosamente de la tiranía de los instintos, que la nuestra. La cultura y la vida simbólica han llenado en mucho el lugar cedido por varios de nuestros genes y han hecho de los antiguos simios bípedos de las sabanas occidentales africanas, los seres humanos que somos hoy en día. Tal vez  el raciocinio llegó tarde a nuestras vidas, pero en mucho ha hecho de nosotros lo que vemos en el espejo de nuestra civilización, con sus yerros y sus logros. Quizás sea el hijo menor del legado evolutivo, pero como dijera el cardenal Mazarino al hablar del joven Rey Sol francés Luis XIV, “empezó más tarde pero llegará más lejos”.

 

Tenemos aún sólidas cartas a nuestro favor para jugar la partida contra la sinrazón, la demagogia, la crueldad y la negligencia. Pero antes que nada, debemos aceptar que la lucidez nos angustia, que la coherencia abruma y que ser razonable agobia. Aceptarlo, para no resignarnos a ello. Y aceptar también que el ejercicio de la lucidez demanda una diaria e inclaudicable vigilancia sobre uno mismo, a fin de detectar la tentación de la ligereza en nuestros actos y opiniones.

 

Aprender de la pasión de nuestras emociones, sabias en sí, para defender la razón de las causas justas. Nunca aceptar que la necedad tenga la última palabra y no dejarnos intimidar por la irracionalidad. No permitir, como bien lo señalase Bertrand Russell, que los necios se sientan seguros de todo y los prudentes se llenen de dudas.

 

No ahorrarles a nuestros niños el agobio de pensar, aun cuando en el proceso desechen honestamente algunas de nuestras más caras convicciones que les transmitimos. Formarlos a conciencia en la honesta  tradición intelectual de aceptar los buenos argumentos del otro, aunque eso nos demande primero el respirar bien hondo.

 

Y finalmente, la prueba suprema que como colectivo podemos afrontar. Combatir la fácil tentación de evangelizar con la afrenta, enfrentar con firmeza pero con sensatez los sinsentidos de los que se adhieran a la irracionalidad, velando por ellos en el proceso. Evitar el silenciamiento y la exclusión del que disiente, de los que nos parecen distintos y piensan distinto, aun cuando eso nos indigne; luchar contra la tentadora idea de apisonar a todo el mundo a nuestro gusto y preferencia. Aprender a ver la semejanza que nos une entre todos, más allá de las apariencias engañosas que se disfrazan de otras lenguas, otras vestimentas, otros colores de piel y otros credos, aunque ello nos revuelva el estómago.

 

Como bien lo dijo el Buda, la noche es larga para quien vela. Y velar es cuestionarse, pensar y sopesar, una y otra vez. Pero la razón nos asiste. No es la primera noche que afrontaremos como especie. En nosotros está que no sea la última.

 

 

 

 

 

 

2 respuestas a “La angustia de la lucidez

  1. El medir o tratar de exponer la definición del término “lucidez” es una de las búsquedas más grandes de la psicología; en general una pregunta que cada uno de nosotros nos hacemos. Realmente soy ¡lúcido! o no soy de esta generación o pensamiento. Por lo cual este artículo “La angustia de la lucidez” me generó más debates que aclaraciones; eso es bueno cuando estas presente en un trabajo con bases y una visión muy abierta.
    Voy a tomar una poesía de Ramón Valle como referencia al sentimiento que me generó este artículo:
    “Cuando se rompen las normas del tiempo,
    el instante más pequeño se rasga como un
    vientre preñado de eternidad.
    […] Cuando se
    rompe el enigma temporal, cualquiera de sus
    tres modos, Pasado, Presente, Porvenir,
    desvinculado de los otros, es una representación
    eterna y quieta [.] Pasado, Presente,
    Porvenir, los tres instantes se desvinculan y cada
    uno expresa una cifra del Todo.”
    de su texto La lámpara maravillosa
    El tiempo te enseña que uno forma una visión distinta del mundo; y que ese cerebro Reptil va poco a poco desapareciendo, pero te hace falta porque te atrae. Como cuesta pensar en los esquemas tradicionales de un José Saramago; en su visión política de su libro premiado “Ensayo sobre lucidez” o lo de cualquier Psicólogo que trate de esquematizar su visión en un plano convencional de sentimientos y manera de actuar. Eso lo veo como cuando le pregunto a mi padre que es la vida y que son las personas; me viene un pensamiento de Umberto Eco de “Creo que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Estamos hechos de pequeños fragmentos de sabiduría”. Por lo cual en mi locura y tratar de explicar todo, creo que el enigma del ser lúcido, seguirá hasta que podamos aclarar por qué estamos en la tierra; pero con investigaciones de este calibre como este artículo de don Luis Diego nos permite soñar en que hay mucho que aclarar y que hay mucho que vivir. Muchas gracias por la publicación. Edwin Acuña 25/04/2017.

    1. Muchas gracias por este amplio comentario, estimado Edwin. Efectivamente, como lo indicas, nada más difícil de definir que la lucidez. Queda inclusive el amargo sabor de boca de que a lo largo de la historia, es el término con el cual hemos tratado de nombrar a nuestra personal locura del momento. Mucho de lo que consideramos lúcido y sensato en nosotros mismos bien pudiera ser lisa y llanamente una herencia de los prejuicios de nuestros padres, de nuestros formadores, de los que nos precedieron. Pero no por ello también podría ser una herencia de lo más sensato que pudieron haber llevado en sí mismos. Y esa herencia es la materia prima con la cual debemos trabajar y en un acto de honestidad intelectual, cuando la madurez llega, conocernos a nosotros mismos, vernos ante el espejo y decidir cuanto de locura y cuanto de lucidez auténticas estamos dispuestos a aceptar en la construcción de nuestra personalidad. Muchas gracias por tu valioso comentario.

Deje un comentario.

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subscríbase a nuestra lista de correos para recibir actualizaciones de nuestros artículos